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Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenida

La Peste, Albert Camus

La historia de la humanidad está plagada de ilusiones. Ninguna nación ha quedado exenta de ello pues todos han sido víctimas de falsedades aberrantes que nos hicieron bajar la guardia ante los diversos enemigos del mundo. Una de las grandes ilusiones peruanas empieza en 1845 con las bonanzas económicas del guano de las islas comercializadas y exportadas a compañías europeas. Nadie pudo imaginar el desastre final de nuestro destino común en el que fuimos condenados por el derecho legítimo a tener nuestros soberanos recursos y disponer de ellos como sea necesario. Por vez primera la crisis nos tomó desprevenidos. La guerra contra Chile, que era una guerra más bien contra el imperialismo Británico, nos costó miles de muertos, perdidas económicas y 191.000 km cuadrados de territorio nacional.  

La etapa previa a la crisis peruana –como la denominaría Jorge Basadre– fue la prosperidad falaz. Una prosperidad ilusoria en la que los ciudadanos hacían gala a una supuesta bonanza económica, un enriquecimiento de las arcas del estado y de la clase aristocrática. Mientras esto ocurría en paralelo, las profundidades del país clamaban auxilio ante el olvido de los gobiernos de turno: la guerra la defendió y la pagó el pueblo.

176 años después, una nueva crisis nos vuelve a tomar desprevenidos. Todo hace pensar que nuestro destino común nos guía hacia la inexorable catástrofe de forma circular y permanente, como si la ruina sea parte inherente a la historia de los pueblos, como ya lo había presagiado el viejo Marx en el 18 de brumario de Luis Bonaparte, frente a la irónica idea de una etapa circular de la historia de la humanidad: «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». La crisis que hoy enfrentamos no es contra un enemigo particular, sino contra un enemigo común de la humanidad: la COVID-19. En sí, la guerra librada contra esta enfermedad no es solo una guerra contra una situación aislada en particular sino, ante todo, frente a lo que esta causa en nuestro país. Aquí empieza nuestra segunda ilusión.  

Nuestra segunda gran ilusión y, por ende, nuestra segunda prosperidad falaz empezó a tener vigencia los años 90 con la constitución Fujimorista que dio paso a la instauración de las políticas del libre mercado y los ajustes estructurales dentro de nuestra pequeña y emergente economía nacional. Tres décadas de aparente bonanza económica originaron una enrome cortina de confianza por parte de los ciudadanos frente a un modelo económico en desarrollo. Las políticas públicas, los ajustes económicos y la legislación nacional fueron elaborados en función al fortalecimiento del mercado local y, sobretodo, internacional, dejando de lado los elementos más importantes que sostienen un país.

La constitución neoliberal del 93’ generó el desplazamiento sistemático del espacio público por debajo de lo privado, en aras de sobreponer la ‘fabulosa’ economía peruana, causando un enorme retroceso de la actividad estatal frente a las demandas de la gente, como en la salud, la educación, la alimentación, la seguridad, entre otros. La destrucción progresiva de la esfera pública es solo el inicio de las políticas constitutivas de los ajustes estructurales del liberalismo económico para este nuevo milenio en el que el mercado decidiría el destino de las grandes mayorías.

Y aquí comienza el nuevo dilema y la nueva ilusión de una gran propaganda planeada y ejecutada desde hace 30 años: «lo privado debe gobernar sobre lo público», «lo público es mal gestor, en consecuencia, dejemos todo a lo privado» repiten a diario los partidistas, intelectuales orgánicos, economistas y políticos del fundamentalismo del mercado. Pero dentro de toda esta retórica existe de por medio una gran ilusión y una enorme farsa que se viene reproduciendo permanentemente ¿lo privado debe gobernar sobre lo público? Es el planteamiento que todo ciudadano tiene que cuestionarse como imperativo y como un deber histórico nacional para nuestro país.  

Lo público y lo privado también constituyen una contradicción dialéctica dentro de esta esfera, dentro de lo político, social y económico ¿por qué ambas son de magnitudes inversas? ¿Por qué mientras uno se fortalece el otro se debilita? El sistema sanitario público, por ejemplo, constituye la fuente de un derecho universal no enajenable, pero cuando este espacio de lo público se comercializa deja de ser un derecho para ser una mercancía, por lo que lo público comienza a ser absorbido por lo privado: esta es la constitución base de todo nuestro modelo económico y de toda nuestra farsa alimentada durante tres décadas enteras. En el proyecto de país de las derechas neoliberales, de la oligarquía empresarial y de sus más serviles lacayos, acostumbrados a hacer política por ellos en los diversos medios hegemónicos del país, lo público (el estado) debe ser reducido a su mínima expresión para dejar pase libre «laissez faire» a la producción de bienes y servicios de nuestros derechos más fundamentales (a cargo de la empresa privada). Esto último representa la estructura de nuestro actual aparato de poder que, hoy por hoy, pagamos con muerte y sufrimiento.

La guerra permanente que libramos hoy en día, no es únicamente contra un diminuto virus, sino, contra una enorme farsa creada desde el aparato de poder económico durante hace 30 años. Es una guerra permanente contra la ilusión, contra un proyecto de país a futuro, contra el crecimiento ilusorio de nuestra economía, contra las bonanzas de los años pasados, contra la prosperidad que al mismo tiempo, como en 1845, es falaz e ilusoria, contra el engaño del sector privado empresarial que promete mejorar la calidad de vida de las personas, y contra todo intento de mercantilizar nuestros derechos más elementales, dejándonos expuestos ante cualquier tipo de calamidades.  

Esta farsa, esta ilusión de lo privado por encima de lo público, de las bonanzas espectrales, del crecimiento abstracto, y de la destrucción sistemática del aparato estatal para garantizar la ejecución de nuestros derechos fundamentales como el de la salud – en pleno contexto de pandemia, nos ha costado, hoy por hoy, según las cifras del Sistema Informático Nacional de Defunciones (SINADEF), la vida de 95,947 personas a causa del impacto mortal de la COVID-19, contando a la fecha con un total de 1’220,000 contagiados en todo el territorio nacional, y una débil economía que solo crecería 1% en el primer trimestre del 2021 según estimaciones de Scotiabank.

Esta guerra contra la ilusión y la farsa la vamos a vencer únicamente repensando un nuevo modelo de enfoque democrático, redistributivo, justo y equitativo, donde no impere más el dominio de lo privado, del mercado, del sector oligárquico y empresarial. Esta guerra es permanente y solo la venceremos a través de la lucha contra un modelo impuesto a sangre y fuego desde hace 30 años. Esta victoria nacional contra la ilusión es un imperativo y un deber histórico que les debemos a todos nuestros difuntos.

No habrá olvido, ni perdón.

Por José Ramirez