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La mercantilización de los derechos humanos y el sentido común

La ideología neoliberal nace con el propósito de justificar el modo de producción del capital; es decir, es funcional al desarrollo de las leyes del capitalismo. En ese sentido, una vez aceptada la propuesta política y económica del neoliberalismo, solo le queda a la clase dominante crear consensos en la sociedad civil con el fin de legitimar los procesos productivos del capital.

Hagamos un análisis rápido sobre cómo opera el capitalismo y su relación con el neoliberalismo. Lo que va dando forma al modo de producción capitalista es, principalmente, la contradicción explicita entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. En este sentido, las fuerzas productivas en su desarrollo, originan unas relaciones de producción características. Las fuerzas productivas elevadas entran en contradicción con unas relaciones sociales que frenan su progreso; es decir, la propiedad privada de los medios de producción.

Una vez establecida la relación equilibrada entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción capitalista, entra a tallar el análisis de las estructuras económicas en donde se evidencia la relación directa entre las dos clases sociales dentro del capitalismo: burgueses o proletarios.  Estas relaciones sociales de producción, no son más que relaciones de dominación de una clase social sobre otra. Sin embargo, hay que sostener la idea de que toda relación social de producción capitalista, o sea, relaciones de explotación, son injustificadas en un estado real de derecho. De esto se vislumbra la separación de la estructura económica y la superestructura. En el materialismo dialéctico marxista, se pone de manifiesto la función de la superestructura dentro del sistema capitalista. Este tiende a legitimar las relaciones de dominación; es decir, las relaciones por las cuales existe la explotación del hombre por el hombre. Dentro de los elementos que conforman la superestructura, se encuentra un factor fundamental de dominación: la cultura.

En este momento se pone de manifiesto que, dentro de las estructuras de dominación, hay elementos que, más que justificar, normalizan la explotación del capital. Es por ello, que quien pretenda dominar las estructuras de poder dentro de la economía y la política, previamente deberá dominar la cultura. Antonio Gramsci daba una respuesta acertada a lo que menciono líneas arriba, expresando que «la conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y en las universidades.» La cultura, entonces, cumple una función elemental en la legitimación y ejercicio del poder. Antes de seguir con este análisis, hay que comprender el componente principal de la cultura. La cultura está definida por el lenguaje, y este lenguaje está compuesto por palabras. Las palabras tienen significados y estos representan la materia funcional de la cultura: de ahí que no exista la cultura sin lenguaje, ni el lenguaje sin cultura.

Antonio Gramsci volvía a decir que «la realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad.» Aquí entramos al meollo del asunto que tanto nos importa, y vamos adentrándonos cada vez más a lo problemática de nuestra realidad. Como hemos mencionado, el componente fundamental de la cultura es el significado de las palabras. En este caso, quien controle el significado de las palabras podrá controlar la cultura. Y quien controle la cultura podrá, finalmente, legitimar las relaciones sociales de dominación y explotación.

Entiéndase claramente que las relaciones sociales de dominación no solo abarcan los aspectos estructurales sino también superestructurales; en ese caso, para que el proceso productivo del capitalismo prospere, debe contener en su vientre la producción en masa de mercancías con valores de uso que puedan ser vendidas y finalmente consumidas por la clase trabajadora. Inicialmente, la producción de mercancías estaba dirigida a satisfacer las condiciones básicas de la época en la que la gran industria gobernaba el modo de producción. Hoy en día, los procesos productivos que domina el gran capital, se han ido expandiendo en todas las ramas industriales y no industriales con el objetivo de acumular y centralizar la riqueza social en unas cuantas manos. El desarrollo del modo de producción capitalista genera ciertas anomalías dentro del propio sistema – que es al mismo tiempo insalvable. La centralización del capital no solo contempla la acumulación centralizada de la riqueza social, sino todos los demás elementos que la conforman. Por ejemplo, el dominio de una gran parte del mercado y de las necesidades sociales. Asimismo, al poseer un determinado campo del dominio del mercado local o global, otorga la posibilidad de decidir que necesidades deberán mercantilizarse o no para la producción de mercancías o productos dispuestos a satisfacer las necesidades básicas o superficiales de cada ser humano. Este proceso de centralización lo detallaba Marx desde un aspecto estructural como veremos a continuación: no se trata ya de concentración simple, idéntica a la acumulación, de medios de producción y mando sobre el trabajo. Se trata de concentración de capitales ya formados, eliminación de su autonomía individual, expropiación de un capitalista por otro, conversión de muchos capitales pequeños en pocos grandes […] dentro de una determinada rama industrial, la centralización alcanzará su límite máximo cuando todos los capitales invertidos en ella se fundiesen en un capital individual. El enfoque superestructural y social lo podemos evidenciar dentro de unos de los autores de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, el cual expresaba que dentro de los aparatos productivos, las necesidades existen como relaciones de dominación social. En ese sentido, quienes ejerzan el poder de decidir lo que se va a producir o no, son los que van a regir, a través de la imposición del consumo y del ejercicio de la dominación social, la mercantilización de la vida humana.

Aterricemos un poco. La realidad concreta nos brinda una mayor claridad para nuestro análisis. De esta realidad se desglosa que nuestro actual modo de producción global rige nuestras necesidades y satisfacciones. Inicialmente las ramas industriales manejaban estas necesidades básicas, como lo expresa Marx en el capital, refiriéndose a los dos sectores de la producción capitalista. Estas leyes de la expansión y contracción del capital generan no solo una acumulación de la riqueza social, sino la circulación del capital en otras ramas industriales y no industriales dentro de los campos sociales y económicos. Pongo un ejemplo para que se me comprenda: la creación de la industria pesada y el avance tecnológico requieren condiciones necesarias para sostenerse; en este caso, requiere de obreros calificados con estudios técnicos o universitarios y con buena salud. Lo que demanda la gran industria ocasiona la creación de otros espacios donde el capital pueda circular libremente: universidades privadas, clínicas particulares, institutos técnicos, etc. Por otro lado, la industria pesada también hace circular al capital en otros espacios económicos como el transporte, las comunicaciones, almacenes logísticos, etc. Teniendo en cuenta que uno de sus principales ejes del neoliberalismo es la ausencia de toda actividad estatal en la economía y en la sociedad; entonces, podemos afirmar que estos espacios vacíos donde no cabe la actividad estatal, son completados por la actividad privada del capital industrial y no industrial.

La fuente que origina toda esta expansión es, sin duda alguna, el modo producción capitalista que domina la gran industria y el capital. Si la fuente se cortará, el capital dejaría de circular al eliminarse los presupuestos básicos para poder acrecentarse. Pero la realidad actual es una sola: vivimos en un gran mercado donde constantemente el capital rota y circula sin que nosotros podamos apreciarlo.

Legitimando la dominación cultural y económica, el sistema y el gobierno son instrumentos factibles de las clases capitalistas. Estas clases capitalistas, que centralizan la riqueza social y el poder de decisión para poder crear y modificar necesidades a su antojo, han mercantilizado la vida y los derechos humanos a través de la normalización del caos. Una vez que el neoliberalismo ha legitimado las relaciones sociales de dominación, entendiéndose que la dominación y explotación no solo hacen referencias a los aspectos estructurales sino también a los aspectos superestructurales de índole cultural, podemos entrar a analizar como es el proceso de mercantilización de la vida humana.

Atilio Borón lo establecía así en uno de sus artículos llamado “Marxistas somos todos”: si algo caracteriza al pensamiento y la ideología de la sociedad capitalista es la tendencia hacia la total mercantilización de la vida social. Todo lo que toca el capital se convierte en mercancía o en un hecho económico: desde las más excelsas creencias religiosas hasta viejos derechos consagrados por una tradición multisecular; desde la salud hasta la educación; desde la seguridad social hasta las cárceles, el entretenimiento y la información. Bajo el imperio del capitalismo las naciones se degradan al rango de mercados y el bien y el mal social pasan a medirse exclusivamente por las cifras de la economía, por el PBI, por el déficit fiscal o la capacidad exportadora. Esto lo hemos venido presagiando desde que empezamos con el papel del liberalismo económico, de los golpes militares, del neoliberalismo, de la dominación cultural y el modo de producción capitalista. Como verán, todo apunta a la mercantilización de los derechos humanos. El capital tiende a dirigir cuales son los derechos y objetos que van a ser vendidos en este gran mercado llamado sociedad. El capital solo extiende sus fuerzas y miles de millones de brazos humanos operan en este círculo sin fin. La concentración de la propiedad privada de los medios de producción gobierna actualmente; entonces, es la cultura quien decide que se vende y que no, que es bueno y que es malo, que es lo dulce y que es lo amargo.

La mercantilización de los derechos humanos es esto: el poder del capital. Poder que ha sido otorgado por la fuerza y la violencia. Poder que ha sido arrebatado de nuestras manos. Poder que tiene su triunfo en la sangre y la muerte que ha venido arrastrando durante años. Poder que sostiene todo un sistema de avaricia. Dentro del gobierno del capital no existe democracia, ni mucho menos derechos humanos. Los derechos humanos solo son mercancías que han de venderse rigiéndose por los principios del libre mercado y la libre competencia. Nuestras sociedades se inclinan hacia la total mercantilización de los derechos humanos: la salud, la educación, la seguridad, la vivienda y la alimentación, son tan solo algunos de las potenciales mercancías que se van a vender en el mercado. Y las malsanas regulaciones que ofrece el aparato estatal, no hacen más que fortalecer esta mercantilización: en el mundo no son derechos los que se discuten sino mercancías que solo se pueden conseguir con el dinero.

No solo se discute la crítica abierta a la aparente liberad social expresada por H. Marcuse, cuando decía «que la gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina… el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido […] al llegar a este punto, la dominación – disfrazada de conciencia y libertad – se extiende a todas las esferas de la existencia publica y privada, integra toda oposición autentica, absorbe todas las alternativas». No deja de ser cierto que la dominación meramente cultural legitima el control de dominación y las relaciones sociales de explotación capitalista. Sin embargo, esto, a mi parecer, va más allá. La dominación es clara, aunque no auténticamente reconocida por la clase oprimida. La clase subalterna – como diría A. Gramsci – debe liberarse de la dominación hegemónica a través de la reconfiguración del sentido común que nos presenta a la esclavitud como libertad. En ese sentido, a H. Marcuse le faltó el análisis de las condiciones hegemónicas de dominación cultural, y la dirección del poder factico que dirige nuestras actuales sociedades.

Por un lado, tenemos los controles sociales de dominación a través de la mercantilización de los derechos humanos. Mientras que por otro, tenemos lo que legitima estas condiciones de dominación, que es propiamente la dirección cultural o hegemónica del sentido común de la sociedad. Este sentido común es dirigido por la clase dominante a través de instrumentos de dominación, como la escuela, la iglesia o los medios de comunicación. El sentido común, entonces, es un conjunto de ideas que han sido ordenadas previamente con la finalidad de dirigir nuestra atención a aspectos irrelevantes, o para mostrarnos un mundo ajeno a la realidad concreta. El sentido común tiene como principal función la normalización del caos. Por ejemplo, normalizar la mercantilización de la educación o de la precarización laboral, viéndolo como un estado de superación personal. No es por ninguna razón que la clase hegemónicamente dominante tienda a apoderarse y dirigir nuestra concepción del mundo para romantizar el sufrimiento: trabajar más de 8 horas y al mismo tiempo estudiar es visto como un ejemplo de triunfo y de superación; esto con el fin de no protestar ante la explotación que se cometen a diario contra millones de trabajadores y pobres en el mundo: la cultura hegemónica es el opio del pueblo.

El filósofo Byung-Chul Han, respecto a la autoexplotación, menciona lo siguiente: se ha pasado, en opinión del filósofo, “del deber de hacer” una cosa al “poder hacerla”. Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es culpa suya. Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado. Y la consecuencia, peor: “Ya no hay contra quien dirigir la revolución, no hay otros de donde provenga la represión”. Es la alienación de uno mismo, que en lo físico se traduce en anorexias o en sobreingestas de comida o de productos de consumo u ocio. Y como vemos todo esto viene siendo legitimado por la dominación cultural del neoliberalismo con el objetivo de justificar el modo de producción capitalista, y por ende, las relaciones sociales de producción y explotación. Todo ello deriva en la dominación total de la vida humana. La mercantilización aparece como consecuencia de la dominación del individuo.

La actual dominación viene ejerciendo en nosotros la normalización de la precariedad social, de la mercantilización de los derechos humanos y de la vida humana como tal. Hoy en día, muchos se han convencido que la lucha individual debe ser la única protesta real contra el mundo. Mientras que las luchas colectivas, construidas para apuntar por un bien común, han ido disipándose, poco a poco, de la agenda de los seres humanos. Hoy se nos ha convencido que el individuo prospera por sí mismo y que no necesita ningún soporte, pues esto, para muchos, es degradación moral y debilidad. La falta de cuestionamiento y de la problematización de la realidad, nos cuesta a diario cientos de miles de muertos, de gente que es desahuciada en los hospitales, en las calles, en los trabajos. De personas que mueren a diario por enfermedades y hambre. De personas que sufren de precariedad laboral o de desempleo. De personas que no tienen de donde alimentarse o donde vivir. De aquellos que no tienen dinero con el cual vestirse y abrigarse del frio. En resumen, de todos aquellos que padecen, en mayor o menor medida, los excesos del mercado y de su actual gobierno dirigido por el capital.

El afán de este artículo es el pleno cuestionamiento de la vida social. Se ha iniciado, si bien es cierto, por una breve historia de cuantos muertos, sangre y golpes nos ha costado implementar y sostener el actual modelo económico – político, y saber cuan injusto tiende a ser en su ejecución. La mercantilización de la vida humana debe ser considerada un delito y un crimen contra la humanidad. Y este sentido común, que normaliza los crímenes y los abusos cometidos por los poderosos, debe reconfigurarse hacia ello que el filósofo Antonio Gramsci llamaba el buen sentido. El gobierno ejercido por el gran capital viene apagando más vidas, desde hace solo aproximadamente 200 años de existencia, que cualquier guerra mundial. Y no solo se detienen los corazones de las personas que sufren y padecen de la opresión del capital, sino aquellos que sirven directamente a él en las guerras del Oriente Medio, o en los golpes de estados propiciados por las elites que dirigen el mundo.

No queda más que apuntar contra el enemigo y el daño infringido por este a lo largo de la historia de la humanidad. No sin antes mencionar que cualquier acto de protesta que despierte el buen sentido y la reconfiguración de la cultura debe ser valorizado, no como una mercancía más, sino como una condición revolucionaria, que pueda crear nuevos procesos de pensamiento para hacer frente al mal que azota al mundo y a la humanidad por igual. El poeta salvadoreño, Roque Daltón, en uno de sus poemas, culmina diciendo lo siguiente: yo acuso a la propiedad privada de privarnos de todo. Su acusación es legítima.

 

Por José Ramírez Mendives

 

 

Referencias bibliográficas

  1. El Capital de K. Marx y F. Engels, Libro I, tomo III.
  2. El manifiesto del partido comunista de F. Engels y K. Marx.
  3. La doctrina del shock de Naomi Klein.
  4. Ideología Alemana de K. Marx y F. Engels.
  5. El hombre unidimensional de H. Marcuse.
  6. Libros de la cárcel de Antonio Gramsci.
  7. Teorías y conceptos de desarrollo de Consuelo Uribe Mallarino.
  8. Artículo de RT publicado el 21 de febrero de 2019, con el título: los golpes de estado apoyados por EEUU. en Latinoamérica desde 1948.
  9. Artículo publicado por el politólogo A. Borón de fecha 21 de julio de 2019, con el título: “marxistas somos todos.”
  10. Artículo publicado por el diario “El País” de fecha 07 de febrero de 2018, con el título: “ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”.
  11. Poema de Roque Dalton, llamado Acta.