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Foto: Reuters

En las últimas elecciones del 2016 el Frente Amplio irrumpió en la escena electoral con una agenda antineoliberal que se diferenciaba del resto de opciones electorales. Las demás organizaciones, salvo Democracia Directa, que se presentaron a las elecciones levantaban una agenda que a grandes rasgos persistía en el status quo que vive el Perú desde el Golpe de Estado fujimorista de 1992. Esta irrupción estuvo marcada por una serie de acontecimientos afortunados que llevaron a que las fuerzas que confluían en el Frente Amplio logren alrededor de tres millones de electores. La simpatía de Veronika Mendoza, su destreza para responder a periodistas incómodos, la fuerza de los militantes y simpatizantes del FA; y aunado a ello la exclusión de dos candidatos presidenciales hicieron parte de los sucesos que generaron la irrupción del frente.

Luego de abril de 2016 se abrió una serie de discusiones de cara a los retos que tenían por delante las fuerzas antineoliberales, (evitaremos la palabra “izquierda” ya que hoy a diferencia de antes no comunica nada, si alguna vez “izquierda” implicaba hablar de una propuesta anticapitalista hoy ya el termino es empleado hasta para liberales). La traducción del resultado electoral en organización empezó a ser una premisa de acción que podía notarse en los rostros entusiastas de los frenteamplistas. Se empezaron a hacer planes para llevar adelante un proceso de politización y organización en las diferentes regiones, sobre todo las del sur andino, donde el Frente había logrado importantes victorias. Esas regiones sureñas, además, reflejaban un persistente núcleo de territorios proclives, a través del tiempo, a propuestas de cambio. Estas tareas  postelectorales, necesarias e ineludibles, se fueron, sin embargo, aplazando y fue más bien ganando escena una serie de discusiones minúsculas que derivaron en la ruptura del Frente Amplio.

Si bien luego de esta ruptura se fueron formando, hasta ahora, varios bloques de fuerzas antineoliberales, es necesario reparar en una serie de discusiones pendientes que resultan urgentes de retomar. Luego de las elecciones del 2016 y la victoria de PPK sobre el fujimorismo hemos presenciado una serie de hechos que exacerbaron la actual crisis nacional que vive el país, los intentos de derrocar a PPK, el ascenso de Vizcarra, el destape de la corrupción de Lava Jato, el escándalo de los Cuellos Blancos, etc. Las batallas intestinas entre ultraconservadores y liberales han acelerado la decadencia de la clase política que se hizo de la conducción del país luego de la caída de la dictadura. Hoy el país transita hacia una salida a la crisis nacional, salida que se esta disputando palmo a palmo entre diversos actores. Y es precisamente como parte de esa disputa que se requiere retomar discusiones necesarias en el seno de las fuerzas del cambio.

Uno de los primeros temas que merecen la pena ser discutidos es la que tiene que ver con el modo de rayar la cancha política. A raíz de la influencia que ha tenido el reciente proceso político en España, especialmente la irrupción de Podemos, hemos tenido en nuestra América una recepción auspiciosa de lo avanzado por esta formación que se inspiró en los procesos latinoamericanos para desarrollar sus tesis políticas. Sin embargo, deja la sensación que en medio de esa auspiciosa solidaridad internacionalista queda de lado la tradición revolucionaria de nuestra América que se ha caracterizado por plantear procesos revolucionarios de carácter nacional-popular que ponen en la otra orilla a las élites oligárquicas. Si dentro de los sectores que confluyen en los diversos bloques de fuerzas antineoliberales hay quienes coinciden en las ideas que caminan hacia los ‘populismos de izquierda’ resultaría un despropósito no recuperar el bagaje histórico y político de la tradición revolucionaria de nuestro continente del que precisamente beben estas doctrinas.

Otro aspecto que merece reflexiones colectivas es el de la democracia, no se trata ciertamente de tener una mirada cancelatoria de la historia en el sentido de negarla ya que las democracias y los procesos que les han dado lugar, al menos en nuestra región, han sido conquistas de las luchas de los pueblos contra las oligarquías, producto de la lucha de clases en otras palabras. Se trata en ese sentido de problematizar en torno a los problemas que hoy cargan las democracias que con diseños institucionales ya con varios siglos encima resultan insuficientes para la complejidad de la vida social del siglo XXI.

Es necesario también problematizar aquellas voces que, por ejemplo, señalan la “necesidad” de insertar valores “propiamente liberales” a los proyectos socialistas. Estos “valores propiamente liberales” serían las libertades políticas, el derecho de las mujeres, de las comunidades LGTBIQ. Sin embargo, estos valores que se los presenta como originalmente liberales hacen parte de las raíces de los valores del humanismo socialista, ¿cómo insertar algo que ya es parte de las profundas raíces de la tradición libertaria del socialismo?, No se trata, haciendo una lectura histórica, de “asumir” banderas que serían liberales. Hay que recuperar la visión emancipadora del ser humano en su conjunto, esos valores humanistas son las del socialismo; y más bien son algunos de esos valores que el liberalismo ha asumido. Eso de “causas propiamente liberales” es un despropósito con la historia.

Otro aspecto a discutir es el de la unidad. Si bien es cierto que se requieren niveles de maduración política de manera indispensable si se quiere pensar en unidades orgánicas, es necesario la reflexión conjunta respecto a la construcción de espacios de articulación. Si bien las unidades orgánicas son producto de la lucha concreta, reflexionar y trabajar en consolidar el aun precario campo de fuerzas que existe entre buena parte de las fuerzas antineoliberales es clave.

Por Víctor Cárdenas

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