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Foto: Perú 21

Uno. El principal problema de un proceso de transformación profunda, de una revolución, es la de cómo convertir en hegemónica a una clase social hasta entonces subalterna. Elevar la dignidad de franjas de la sociedad hasta entonces marginadas de la conducción del país a ser actores claves en el futuro y el desarrollo colectivo. Esto pasa por, primero, creer en sí misma como clase capaz de conducir el país, y, segundo, por ser creíble como tal ante las demás franjas de la sociedad.

Dos. Una de las cosas importantes en este proceso y esfuerzo es la de caracterizar el contexto en el cual toca desplegarse. Entonces, si de lo que se trata es de la caracterización del periodo político se puede señalar lo siguiente: vivimos una crisis nacional, es decir una crisis de régimen producto de una transición democrática fallida; y a su vez, un periodo de transición en disputa donde varios actores bregan por una salida a la crisis. Las élites liberales y ultraconservadoras en las ultimas semanas parecen haber tomado conciencia de que sus contradicciones los han llevado a varios puntos ciegos donde pierden ambos. Unos por resistirse y pretender conservar un estado de cosas que protege sus gollerías y pillerías, y otros, por ser incapaces de llevar adelante reformas profundas que desde las calles los ciudadanos demandan. Las élites, al menos algunos sectores, hoy son conscientes que para salir del punto muerto requieren llevar reformas que por una parte canalicen el descontento social producto de un régimen económico desastroso, y por otro, el espíritu de demandas democráticas permanentemente inconclusas.

Tres. En los últimos días hemos sido testigos de varios llamados entre las élites; sobre todo la de sectores ultristas para quienes la aparición de un nuevo Fujimori al estilo 1990 o de un Bolsonaro representaría un milagro de buenaventura. Para ellos cualquier negociación, por ejemplo, para sacar adelante las reformas electorales de Vizcarra, sería un despropósito. Otros llamados más bien han apuntado a generar un clima de consenso haciendo notar los efectos colaterales que esta teniendo la crisis, sobre todo a los negocios que son los que a la Confiep y voceros interesa; estos señalan que la discusión de las reformas está trayendo un cuestionamiento a, por ejemplo, el régimen económico que les parece inaceptable. Para la actual presidenta de la Confiep cualquier discusión sobre el régimen económico peruano es un tema cerrado. Sin embargo, a todo esto, si las reformas son producto de una negociación entre los sectores políticos del bloque dominante (liberales y ultraconservadores), corren el riesgo de que los sectores antineoliberales instalen la idea de que aquellas reformas consensuadas no solucionan los problemas de fondo, idea que ya flota en las calles, en el ambiente.

Varias son las salidas a la crisis nacional. Una de estas es por la vía autoritaria, que resulta quizá el escenario más difícil teniendo en cuenta el rechazo ciudadano a las formas autoritarias que ha expresado a lo largo del tiempo el fujimorismo o sus otras formas ultraconservadoras; otra vía sería una vía democrática/negociada, que es la que viene tomando cuerpo estos últimos días a pesar de la actitud a regañadientes que tiene la mayoría parlamentaria por generar una discusión mínimamente seria. Esta salida lo que lograría seria aplazar los conflictos subyacentes de la crisis hacia adelante sin solucionar la polaridad generada, lo que hace de una salida de este tipo una opción interesante para los sectores antineoliberales ya que permite prolongar el conflicto y ganar tiempo para reorganizarse y organizar la nueva fase estratégica; una tercera salida sería la democrática/radical, esta apuntaría a abrir un nuevo ciclo político marcado por un amplio proceso de deliberación política de cara a un nuevo pacto social y una nueva constitución que apuntale a superar la actual crisis nacional.

 

Por Víctor Cárdenas

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