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La crisis nacional que vive el Perú hoy a diferencia de otros momentos de la historia tiene muchas aristas juntas. Es imposible encontrarle una sola causa y es además ocioso pretender desde uno de sus lados darle solución al conjunto. En ese sentido cabe preguntarnos el papel que va a pretender el gobierno a partir de sus recientes acciones.

Vizcarra al acabar el año 2018 se definió por una visión del juego que quería desarrollar; hace días acaba de mostrar el equipo y el estilo que pretende imprimirle. No es nuevo el intento, pero llama la atención porque presentado en este contexto representa una de las formulas desde donde intentar reinventar el poder político de las élites del país, al menos para un sector de éstas que aspira a ser hegemónica: Perfilar un ‘centro’ que funcione y ceda la posta al Partido Morado, a Acción Popular u otro similar en el 2021. Hacer un gobierno discursivamente entusiasta y socialmente ‘viable’ bajo los parámetros de la democracia neoliberal, es decir mayor gasto social focalizado y menores derechos sociales. Sin embargo, la realidad parece mucho más compleja y adversa a una salida tan sencilla.

Ya varios comentaristas en las últimas semanas han venido alertando a su público conservador que el “peor” escenario para el país sería que Vizcarra quede paralizado entre las reformas demandadas desde las calles, y las que son demandadas desde la Confiep. Si bien el presidente ha dado señales que indican su compromiso para con las presiones que las élites vienen haciendo, su creciente descenso en las encuestas y la aparente preocupación que le causa lo han llevado a tener semanas de gris despliegue político. Los sectores antineoliberales le exigen distanciamiento con las políticas de competitividad y productividad aprobadas el último día del 2018; mientras que el presidente de la Confiep demanda que el gobierno deje atrás el populismo y actué impulsando las “inversiones” y confrontando a quienes se oponen a algunos proyectos mineros inviables.

En esa disyuntiva Vizcarra ha nombrado a Salvador Del Solar como nuevo Primer Ministro. Con ello pareciera pretender darle un rostro más liberal a su gestión. La pregunta pendiente es que si para salir de la disyuntiva política, que le exige definiciones al presidente, es consciente que requiere de romper huevos para hacer tortillas. Por su parte, Del Solar en las inmediatas declaraciones que realizó afirmó cosas que generan dudas de ser sostenible en el actual contexto. No va ser posible “fortalecer el contrato social” como señala Del Solar cuando a un lado de la mesa tiene unas políticas que la Confiep espera ansiosa verse ejecutadas, y sólo quiere escuchar un “sí” como respuesta. Ya el anterior ministro de Trabajo se ahogó en sus propias buenas intenciones.

No es fácil que unas élites acostumbradas durante las últimas tres décadas a mandar sin o con escasas oposiciones acepte ahora sentarse a negociar con los ciudadanos. Con una clase política decadente que intenta salvarse de la cárcel; con los reacomodos de esa decadencia; con una furibunda Confiep; con una calle que tiene expectativas por reformas democráticas, pero también tiene desconfianza por los actores políticos de hoy; con los antineoliberales en acuerdos y articulaciones; y con el contexto global incierto es muy difícil que las intenciones del Primer Ministro puedan caminar. A ese ritmo, el que ya mostró el presidente después del referendum, este intento de liberales republicanos frente a un Perú en crisis puede terminar caminando en un árido desierto de soledad.

 

Por Víctor Cárdenas