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El Perú es de esos lugares donde el fenómeno de lo autóctono a lo moderno se dio a un paso vertiginoso. De ser unos territorios que albergaban las sociedades más complejas, organizadas y ricas en conocimiento de esta parte del mundo, transitamos a un encuentro con el fenómeno de la modernidad que alcanzando a todos los territorios y pueblos del mundo ha influido en las aspiraciones y horizontes de sentido de casi todo el planeta.

El proyecto de la modernidad se ha desarrollado, como el capitalismo, desigualmente en las distintas regiones del mundo. Nuestro país no ha sido la excepción. Vivimos desde la última década del siglo XX un profundo proceso de modernización neoliberal con las implicancias que éste conlleva al ser un proyecto de clase que busca recomponer relaciones de poder ventajosas a las élites y en desmedro de las grandes mayorías de trabajadores (Harvey). Esta modernidad impuesta a través de una dictadura impopular por sus medidas sociales y económicas, mientras popular por dar respuesta –aun siendo esta pura propaganda– al problema de la violencia política que vivíamos entonces, ha sido la que ha ido dando forma a este país profundo en los últimos cerca de treinta años.

Esta modernización neoliberal sostenida en la institucionalidad constitucional vigente ha encontrado su mejor metáfora en el sistema de transporte de la capital: un sistema donde predomina la ley del más “vivo”, donde el estatus reside en cuan mejor se le puede sacar la vuelta a alguna norma, etc. Un sistema absolutamente desregulado donde pierden los trabajadores y solo gana el voraz hambre del lucro egoísta, donde lo despreciable se hace apreciable. Es esta modernidad, donde lo más nefasto de otras épocas predomina como lo más valorado, que la democracia neoliberal peruana exacerba por doquier. Parece que la rebelión de los Fujimoris, Toledos, Garcias y Humalas ha tomado por asalto al país.

Esta modernidad sostenida desde un Estado pequeño, excluido de funciones esenciales, capturada por la democracia de las élites financieras en la escena internacional y por la incapaz élite peruana no ha respondido –ni ahora ni antes– a los grandes problemas que atraviesa el Perú. Viejos y nuevos problemas se presentan sin horizontes de cambio para un modelo de país que privilegia el lucro sobre el desarrollo humano. Así el león dormido de esta parte del mundo no ha despertado aún. El viejo proyecto modernista de los fundadores de la República descansa en los sueños de los justos.

Es posible y es necesaria otra modernidad en tanto proyecto de humanidad. Uno propio de estos territorios que a lo largo de miles de años han albergado diversidad social y cultural, y éstas a su vez se han potenciado mutuamente a través de grandes pactos, acuerdos y proyectos civilizatorios. Para el futuro del país hace falta una modernidad capaz de hablarle a los pueblos del Perú y no sólo al “pueblo peruano”, reconocer en ese pluralismo los varios devenires históricos (quechuas, ashánincas, aimaras, boras, shipibos, afros, etc.) que componen nuestro territorio y son la parte fundante de una sociedad alternativa a la modernidad neoliberal.

Por Víctor Cárdenas