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Por Eduardo Caceres

La experiencia de la vida peruana, de sus hondas oposiciones y sus tremendas desigualdades e injusticias provoca en todo espíritu una sincera actitud de rechazo y condena. Esta raíz emocional no quita generosidad a la decisión de luchar y es indispensable para darle fuerza. Pero es insuficiente.

(Augusto Salazar Bondy, Entre Escila y Caribdis, 1985, p. 91)

Para ser eficaces en política no basta con las buenas intenciones. Sin fundamentos o principios, sin argumentaciones claras, la acción humana –individual o colectiva- puede terminar produciendo resultados no solo diferentes sino muchas veces opuestos a los deseados.

Todo proceso de formación busca dar los instrumentos necesarios para analizar la realidad y tomar decisiones transformadoras y eficaces. Se trata de instrumentos para la elaboración programática, para la acción estratégica, para la organización. A la base de los mismos, dándoles coherencia, necesitamos establecer valores sólidos, principios claros, una manera de pensar y argumentar que sea crítica y propositiva a la vez.

¿Qué entedemos por “identidad” socialista?

Aquello que nos hace ser lo que somos a través del tiempo y los diversos escenarios en los que nos movemos. Y por tanto lo que nos diferencia de otras personas o colectivos. Una manera específica de actuar en el mundo. Incluye ideas, creencias, prejuicios, hábitos, etc., pero sobre todo comportamientos privados, prácticas sociales y acciones políticas.

La magnitud de los problemas que tenemos por delante, su complejidad y novedad, no puede hacernos perder de vista que no somos los primeros que asumimos un proyecto de crítica y transformación del orden existente. Así como la historia de la opresión y la explotación se remonta muy atrás en la historia de la humanidad, la historia de la crítica tiene también un largo camino recorrido. Diversas doctrinas, teorías, programas, han sido elaborados en la larga marcha de la emancipación humana. En las épocas más reciente de nuestra historia, la que se define como “moderna”, “burguesa” o “capitalista”, el abanico de doctrinas y teorías críticas comparte una palabra como estandarte, “una sola, sencilla y grande palabra: Socialismo”, tal como escribió José Carlos Mariátegui en un célebre editorial de la revista Amauta (n° 17, Septiembre de 1928)

La acción socialista no se restringe a la esfera política. Debe plasmarse en todas las esferas de la vida como un conjunto de anticipaciones de la sociedad emancipada.

Incluso si se aceptase que todas y cada una de las propuestas de transformación que se han intentado en nombre del socialismo han fracasado, cosa que no es cierta, éste continuaría vigente como movimiento práctico en tanto los problemas que le dieron origen no hayan sido superados. Es el capitalismo y sus contradicciones lo que mantiene viva y renueva a esta grande palabra: Socialismo.

Grande porque es más que el nombre de una doctrina o de un programa. Es el nombre de un movimiento práctico de rebelión y crítica frente a la explotación y la dominación. Es el nombre de una actitud frente a la vida, inspiración no solo de nuevas economías y nuevas formas de hacer la política sino también de nuevas formas de vida cotidiana. La acción socialista no se restringe a la esfera política. Debe plasmarse en todas las esferas de la vida como un conjunto de anticipaciones de la sociedad emancipada. Si no es así, la palabra se vacía de contenido, se banaliza. Si la identidad es una forma de diferenciarse, afirmar una identidad socialista es ponerse en el campo de quienes construyen la sociedad diferente (solidaria, igualitaria, libre) todos los días y en todos los terrenos. Parte importante del proceso formativo que iniciamos con este módulo será construir juntos esas manifestaciones concretas de nuestra identidad socialista, de nuestra “diferencia” socialista.

El Socialismo no es una doctrina monolítica, cerrada. En primer lugar, porque es mucho más que una doctrina. En segundo lugar, porque adquiere diversas configuraciones teóricas y políticas de acuerdo a la historia, las tradiciones, las sensibilidades de las personas y los colectivos que lo asumen.

Vale la pena comenzar por la presentación de diversas rutas al socialismo a través de la experiencia vital de diversas personas.

En “Diarios de Motocicleta”, película sobre el viaje a través de América del Sur del joven Ernesto Guevara, hay dos escenas que presentan algunos componentes básicos de una identidad socialista. Una de ellas tiene lugar en Chile, en la mina El Teniente en el desierto de Atacama. Allí el Ché se indigna frente al maltrato que sufren los trabajadores y sus familiar de parte de los funcionarios de la empresa. La otra tiene lugar en Lima, en el hospital de San Bartolomé donde Hugo Pesce alojó a los jóvenes aventureros argentinos. Allí vemos al Che enfrascado en la lectura de Siete Ensayos, experiencia que él consideraría decisiva en su definición como revolucionario. La indignación y la razón, tal como sugiere la cita de Salazar Bondy que encabeza este texto.

Como sabemos José Carlos Mariátegui (1894-1930) comenzó muy temprano en el periodismo, antes de los 15 años, como ayudante de los tipógrafos. Colabró luego en la sección policiales y en febrero de 1911 publicó su primer artículo firmado (con el seudónimo Juan Croniqueur). En los años siguientes se dedicaría a comentar diversos aspectos de la vida peruana. 1916 es un año de incertidumbre existencial, antecedente de las rupturas sociales y políticas que procesó entre 1917 y 1918, los años de “camino propio”. Tras haber saludado la revolución bolchevique –provocando la previsible condena de El Comercio- identificó el final de la Gran Guerra (1914-1918) no solo con la paz sino con el socialismo: “Y no salimos de nuestras casillas cuando nos acordamos de que somos socialistas. Socialistas convencidos. Socialistas ardorosos. Socialistas máximos. El día más que de la paz, nos parece del socialismo. Tanto que nos ponemos apunto de treparnos en un automovil, agitar una bandera roja y lanzar el primer grito del socialismo peruano” (El Tiempo, 12 de noviembre de 1918). Actitud de desplante y contestación, como lo había sido la visita al cementerio con la bailarina Norka Rouskaya, episodio que lo puso en prisión el mismo día que los bolcheviques tomaba el poder en Rusia.

“La teoría socialista no sólo dio un cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aun más de fuerza por el mismo hecho de encauzarlo. ¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico.”

Jorge Basadre (1903-1980), nuestro más grande historiador, no rehuyó definirse como socialista en medio de los convulsos años que siguieron a la crisis de 1929 y a la caída del gobierno de Leguía. Culminó uno de sus libros juveniles con la siguiente afirmación: “Con el socialismo debe culminar el fatigoso proceso de formación histórica del Perú. Dentro de él, vinculado más que nunca al continente y a la humanidad, el Perú debe encontrar su realidad y su solución” (Perú: Problema y Posibilidad, 1931). Punto de vista que sin abandonar matizará en la reedición del libro, “con algunas reconsideraciones 47 años después”, en 1978.

En este recuento de algunas singulares rutas al socialismo no podemos dejar de mencionar a José María Arguedas. Al recibir el premio nacional de cultura en Octubre de 1968 resumió de manera genial su experiencia vital. Por delante su autoidentificación como “individuo quechua moderno”. Luego, la síntesis de su proyecto existencial y literario: …“intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vinculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores.” Finalmente el reconocimiento del socialismo como uno de sus principios fundamentales: “En la primera juventud estaba cargado de una gran rebeldía y de una gran impaciencia por luchar, por hacer algo. Las dos naciones de las que provenía estaban en conflicto: el universo se me mostraba encrespado de confusión, de promesas, de belleza más que deslumbrante, exigente. Fue leyendo a Mariátegui y después a Lenin que encontré un orden permanente en las cosas; la teoría socialista no sólo dio un cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aun más de fuerza por el mismo hecho de encauzarlo. ¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico. No pretendí jamás ser un político ni me creí con aptitudes para practicar la disciplina de un partido, pero fue la ideología socialista y el estar cerca de los movimientos socialistas lo que dio dirección y permanencía, un claro destino a la energía que sentí desencadenarse durante la juventud.”

A estos socialistas emblemáticos podríamos sumar muchos más, del país, del continente, del mundo. Albert Einstein, por ejemplo, que alertaba sobre el peligro que significaba para la humanidad –ahora tendríamos que añadir: y para el planeta– un régimen económico guiado únicamente por el afán de lucro. Pensadores como Georg Lukács y Jean Paul Sartre que llegan al socialismo por la vía de la experiencia de la angustia existencial que provoca la sociedad burguesa; o como Simone Weil que se involucra con la lucha obrera a partir de una radical empatía con los explotados y oprimidos.

Para todos ellos el socialismo fue mucho más que un proyecto político. Fue una actitud, un estilo de vida y de pensamiento. Hoy el socialismo está encerrado en una agenda estrictamente política y no es capaz de conectar con una gran cantidad de movimientos, gestos y expresiones de la vida cotidiana a través de los cuales se manifiesta la crítica a la sociedad burguesa (individualista, posesiva, consumista y ultracompetitiva). Lejos de estar “atrapados sin salida”[1], existen múltiples manifestaciones de formas de vida alternativas.

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[1] Título de una película de Milos, con Jack Nicholson como protagonista, en donde los rebeldes o “desadaptados sociales” son internados en “sanatorios mentales” para readaptarlos vía el autoritarismo y tratamientos de electroshock.

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